Prof. Herman A. Zepeda Flores Miembro Honorario del Colegio de Geógrafos de Chile Esta dirección electrónica esta protegida contra spam bots. Necesita activar JavaScript para visualizarla Ignacio Domeyko llegó a La Serena en 1838. Había sido contratado por el gobierno para hacerse cargo de las clases de mineralogía que debían impartirse en el Instituto de la ciudad (actualmente Liceo Gregorio Cordovez), el cual otorgaba títulos que hoy llamamos universitarios. El maestro, quien prácticamente incursionó en todos los campos del saber, permaneció por el resto de sus días en el país, con la sola excepción de un viaje de despedida que realizó a su querida Polonia, en 1884. Falleció el 25 de enero de 1889. El ámbito en el cual se desenvolvió el sabio fue vasto, así crea los cursos de mineralogía, organiza los primeros programas de física y química, redacta textos, investiga la geología y la geomorfología del país, descubre nuevos minerales y fósiles no descritos, viaja para conocer las costumbres de los araucanos, presenta una “Memoria” sobre el modo más conveniente de reformar la instrucción pública en Chile (1842), ideas que posteriormente el gobierno haría suya, organizando la educación, de manera tal que si bien la Universidad conservaba el control de todo el sistema educativo, tomaba como función principal la profesionalización. Espíritu inquieto amó también la literatura y las bellas artes, no en vano fue amigo del poeta nacional polaco Adam Mickiewicz, no escapando tampoco la música a su interés. “El 26 de diciembre asistí a la ópera, en Valparaíso, estaban dando mi obra preferida, Romeo y Julieta” indica en sus Memorias que me retrajo a mi estadía en Dresde, cuando con Adam, Odyniec, Garczynsky, nos entusiasmamos con una obra entonces reciente de Bellini”. Fue, además, un luchador tenaz por la liberación de su querida Polonia, pero en Chile no participó de la política contingente, salvo con una que otra opinión sobre los miembros de la Sociedad de la Igualdad. Hasta aquí el perfil de un hombre que es uno de los fundadores de la meteorología en Chile (Esta consideración fue establecida por el profesor Patricio Aceituno, del Departamento de Geofísica de la Universidad de Chile, en carta a “El Mercurio” el año 2000, con motivo de celebrarse 200 años del nacimiento de Domeyko). En muchos de sus trabajos en terreno, Domeyko incorporó informaciones del tiempo, también publicó diversas observaciones meteorológicas y escribió dos trabajos específicos sobre climatología y meteorología. En mayo de 1851, leyó una memoria sobre el “Temperamento de Santiago”, o como se diría actualmente, “El clima de…”. En ella parte indicando lo difícil que es definir las características de éste, pues no basta con conocer los valores de la temperatura ni por la cantidad de agua caída; debe además considerarse un período de informaciones, “una serie de informaciones no interrumpidas”. Analiza la presión atmosférica en 1849: “Los mayores descensos de la columna barométrica han ocurrido en los meses de mayor sequía… Lo que hay de más notable es que la mayor presión media del mes que es 715 a 716, 7 corresponde a los meses más lluviosos, mientras que le menor presión media del mes coincide con la mayor sequía…”. Nótese la referencia a presión media. El mismo fenómeno fue observado en 1847 y 1848 no sólo en Santiago, sino también en Coquimbo. Niega la opinión que existía en la época, en el sentido de la influencia de las fases de la luna sobre las presiones, pues no se ha observado la relación directa, refiriéndose a las temperaturas, y compara los promedios de Santiago con Coquimbo y Concepción, estableciendo un decaimiento de un tercio de grado por cada grado de latitud; complementa la información con “hemos de admitir que la gran elevación de la temperatura de Santiago con respecto a Concepción no se debe atribuir simplemente a la diferencia de latitud” (…), sino a “la distancia que la separa del mar i su colocación entre las dos cadenas de las cordilleras, en un llano espaciosos, formado de un suelo que absorbe mucho calor de día i lo emite de noche…”. Realiza a continuación comparaciones entre lugares de “temperamento constante” (Tunechal), “temperamento variable” (Santiago Saint-Maló, París, Londres) y “temperamento excesivo”. El tercer aspecto presentado es el de estado hidrométrico, sección en la cual explica las definiciones, aspectos físicos de la humedad del aire y métodos para registrarlos (químico, de condensación y psicométrico). Recoge de la tradición popular la sentencia: “Norte claro, sur oscuro/ aguacero seguro”, y explica, según los conocimientos de la época “el viento norte que viene de los trópicos nos trae grandes oleadas de aire saturado de agua, cuyo vapor participando todavía de la zona tórrida”. En “Breve instrucción para los que se hallan encargados de hacer observaciones meteorológicas en los Liceos i en los diversos establecimientos de educación en Chile” (1876), artículo de 16 páginas, se preocupa de informar acerca de la forma correcta para colocar los instrumentos. Para realizar las observaciones, indica que “se debe colocar el termómetro al aire libre, en un lugar abierto no mui cerca de los edificios i de cualquier obstáculo que impida la circulación del aire”, “si no es posible evitar completamente el reflejo de la luz de las murallas vecinas i de la irradiación nocturna del cielo, se debe rodear la ampolleta (…) de un cilindro espaciosos de hoja de lata todo agujereado i cortado por rasgaduras a lo largo del cilindro, para que circule libremente el aire”, de manera parecida hace referencias al termómetro de máxima y mínima, psicrómetro (el agua con que se humedece el termómetro debe ser pura (agua de lluvia); barómetro, colgado en un cuarto oscuro; pluviómetro, en el centro del patio; veletas, anemómetro de Robinson, etc. Agrega a estos instrumentos convencionales las observaciones ozonométricas que se realizan mediante el uso de papel de XXX de Sedan que es expuesto al aire en un lugar seco y luego mediante comparación con el cronoscopio se detecta el grado cronométrico. Resalta la importancia de las horas en que debe tomarse las observaciones meteorológicas y la forma en la que deben realizarse las sismológicas, debiendo indicarse la “hora i, cuando sea posible, el momento en que principió a sentirse el ruido o el movimiento…”, la dirección, la intensidad. Como es sabido, en ese entonces junto a las observaciones meteorológicas se realizaban las sismológicas, debiendo indicar la “hora i, cuando sea posible, el minuto en que principio a sentirse el ruido o movimiento…”. “Debe el observador señalar si el movimiento ha sido oscilatorio, vibratorio o por sacudimientos interrumpido: recio, suave o apenas sensible; … acompañado o no por ruido…”. Escribió también unas observaciones sobre el terremoto y agitaciones del mar del 13 de agosto e 1868 que no fueron consultadas en esta nota. Siendo rector de la Universidad e Chile propicia la creación de una oficina central meteorológica. Un acta del Consejo Universitario de octubre de 1868 recoge el acuerdo “en el cual tomaron parte especialmente el señor Rector i los señores Solar, Larraín Gandarillas y Philippi en que se hicieron diversas indicaciones se aprobó… Se establece en Santiago una Oficina central (sic) de Meteorología dependiente de la facultad de Ciencias Físicas i matemáticas de la Universidad que tendrá por objeto contribuir en cuanto sea posible al progreso de la Meteorología especialmente en Chile” (A. U. de Chile 1868: 433). Ese año se estableció también que en todos los liceos deberían realizarse observaciones y que ellas se publicaran en los Anales de la Universidad de Chile. Ignacio Domeyko entregaba de esta manera un nuevo aporte a la ciencia, aun cuando en ese entonces no se pensaba la importancia que la meteorología tendría en el siglo siguiente, ni mucho menos soñó con pronósticos diarios que todos podrían conocer, no en vano Luis Zegers, en 1880 en la publicación universitaria ya citada, decía: “Nadie ha sabido, nadie sabe hoy predecir el tiempo, i no es aventurado asegurara que no lo sabrá jamás”.


